sábado 17 de octubre de 2009

Hay días en que creo que desde mi frente sudorosa emerge una criatura. Quizás un hijo de alguna neurona podrida por el exceso de información. O algún recuerdo que se escapó de mi disco duro -ahora formateado- que se desarrolló como un simple mutante, atormentado por vivir en un espacio cerrado y que deseoso por descubrir el mundo (no te vas a perder de nada), comienza a rascar con sus quizás uñitas plomizas mi frente cansada. Y rasca y rasca y trata de oler el mundo real, hasta que se cansa y duerme un rato y luego vuelve, y no sólo a rascar sino que también golpea, brusca y repetitivamente, como desesperado, como perdido, como necesitando. Hasta que consigue abrir alguna arruguita de mi frente añosa, y se asoma su nariz pequeña y húmeda, y me hace arder. Me quema como un cerillo, me rompe el pensar. Hay que buscar un alivio inmediato, certero. Una píldora atravesando mi garganta encendida. Y la arruguita se agranda, se multiplica. Lucha por permanecer, mientras los pensamientos se me tratan de escapar, pero se rinde. La domino y en silencio se hace nada. Le digo: será hasta un par de días más.

jueves 27 de agosto de 2009

Auto referencia

Soy yo


un bicho raro,

una criatura de arcilla que rompe el molde

con sus brazos púrpuras,

brazos rodeados de cicatrices blancuzcas,

y las uñas tan mustias.


La perfecta candidata a la presidencia

del partido sadomasoquista,

la reina de la techné en catar sustancias

para no caer en el juego de derramar lágrimas.


Un Gregorio Samsa travestido,

y ahogado en las sábanas de una cama.

La esclava, que quiere ser dominada,

pero que tampoco quiere dejar de ser emancipada.


La no dama, la anti doncella

la que no quiere ser Cenicienta ni Julieta.


Pero sí quiere que algún idealista

le pinte las alas con un pincel

o la cobije en un cuarto de papel.



martes 11 de agosto de 2009

Una cuestión de salud literaria

Hoy me levanté más que ojerosa y con el maquillaje corrido, para variar había llorado durmiendo y no me acordaba de los malditos sueños, por último pa´ haberlos graficado en un papelito. Puse la tetera para tomar un té verde e irme a caminar un rato, revisé el buzón y para variar: el envío de mi primera publicación aún no llega, y para peor sigo cesante. Vida de mierda. Me acordé del dato que me dio el gato negro, un amigo que escribe hace años y que duerme donde caiga la noche. Así que me bañé rápido, googleé la dirección, tomé mi bolsón a rayas estilo “crespo culeao”, el mp3 para acompañar la caminata con Devotchka –sí ese grupo, ese de la banda sonora de Little Miss Sunshine- y partí a la desconocida y freak “clínica literaria”. Caminé 45 minutos, menos mal no era tan lejos. Espero que esto no sea tan grave, no quiero morirme tan luego ¡y sin haber publicado!

Los muros de la clínica eran plomizos y aparatosos, tanta construcción me hace siempre añorar las casas viejas. Entré y saqué un numerito de esos aparatitos rojos que suelen estar malos o simplemente te dejan con el número inválido. Me senté en la típica patética salita de espera. Al igual que cualquier otra clínica, en esta seguramente también te pegan los medios palos y te sacan un ojo de la cara sin ningún pudor –así que traje por si acaso, la redcompra–. Esta clínica es diferente sólo porque los que atienden son raros, tratan males raros, y los pacientes a la vez también son raros. Desde donde estaba sentada veía de reojo a la secretaria: era fea, tenía cara de amargada y los dientes chuecos y amarillos. Mi número era el 25 e iban en el 3, así que tuve mucho rato para analizar las complicaciones que rodeaban mi existencia y que me habían arrastrado hacia aquellas murallas blancas y a ese piso desinfectado. Soñé despierta y me puse en todos los casos posibles, hasta que llegó el 25. La secretaria me hizo pasar a una seudo sala de emergencias, donde los pacientes son separados por una cortinita tela de cebolla.

El seudo doctor no me saludó y fue directo al grano: “¿Por qué ha acudío a nosotros?, preguntó. Respondí sudando helado: “Llevo 2 meses sin sacar una miserable poesía o un maldito cuento, y lo peor… es que me siento ahogada en palabras, tengo el estómago hinchado, mire”. Me pidió que me levantara la camisa –por supuesto esa situación me incomodó–, palpó mi barriga hinchada con diferentes herramientas y masculló: “Usté tiene estreñimiento literario, un caso bastante típico en quienes en su pasao han sufrío de mal de amor, bilis negra, usté me entiende”. Sí si le entendía, claramente esto parecía una pesadilla más, que llegaba a hacer un poco más mierda mi vida. Literalmente MIERDA: “Bueno, el tratamiento consiste en un lavao de estómago, la sedaremos unas cuantas horas, usté no va a sentir ná, no se preocupe. Después de eso le voy a dejar-le unos medicamentos pa´ que cague tranquila, perdón para que pueda “obrar”, y desechar todas esas palabras que tiene acumulás”.

Después de eso cagué por dos semanas, si créelo me dio diarrea y tuve que tomar pastillas de carbón literarias –como esas que venden en las micros y que las mamás les daban a sus hijitos cuando andaban con cagadera en época escolar–, pero éstas son pa´ trancar la diarrea literaria. Así que bueno en caso de que llegues a estar sin cagar palabritas, te dejo la dirección en el posdata por si llegai a tener este problemita.

domingo 19 de julio de 2009

La mente engaña, y los ojos también.

Un whisky con hielo pidió ella, yo en cambio una cerveza negra. Éramos diferentes y no sólo porque yo fuera ese típico hombre que intenta parecer con una vida construida, y que en verdad sólo quiere entregarse a algún amor. Sino porque ella además de ser levemente masculina, parecía que vivía encerrada en una suerte de portarretrato. Actuaba, sus movimientos eran tan mecánicos, planeados. Me miraba intensamente, sin hablar más que monosílabos. Buscaba en mis pupilas, las razones que tuve para seguirla y audazmente haberla acorralado. Hasta que le dije que la había buscado por años, que siempre tuve la esperanza de ver y sentir sus despojos de humano poco común, que la construí en mi cabeza como si fuera uno más de mis proyectos nacientes en base a una inyección de heroína. Se sonrió con sus labios carmesí, pestañeó con sus enormes pestañas sintéticas y sólo me dijo… “¿no querés saber como me llamo?”. Y le respondí ridículamente un “no lo necesito”. Y ella se levantó, me dijo que pagara la cuenta, que estaba apurada, que tenía que cumplir con el trabajo y dejó sobre la mesa una miserable tarjeta que indicaba un “Ignacio Manríquez: Luna. Danzas exóticas, shows privados, lo que te puedas imaginar. Ubicar en: 9 6548900”.


martes 30 de junio de 2009

Hola lectores

Entrada para presumir: La U no me permite tener tiempo para escribir cosas nuevas que no sean ensayos de tipo crítico y análitico, pero... ¡quiero darles a todos mis lectores una espectacular noticia! A fines de julio aparece la publicación de dos de mis poemas en la revista literaria tinta y barrotes, lo cual me tiene muy alegre porque después de muchos intentos al fin voy a ver en papel al menos una mínima parte de mi producción personal. Asi que les estaré avisando y le tomaré mil fotos a la versión editada que me llegue por correo xD saludos lectores.
pd: Agradecimientos especiales al que considero el mejor escritor de internet conocido por su seudónimo de Silvermaster, que ejerció la función de editor de ambos poemas xD

jueves 4 de junio de 2009

De una tarde a la madrugada


Me dejé besar,

por unas manos ajenas me dejé tocar


pues precisé apartar

a otro espectro que mi médula

no desiste de azuzar.


Descubrí su garganta

y le mordí una oreja

buscando las esencias

de una vida añeja.


Y lo besé energúmena

sin importar sus pocas neuronas,

y le enterré las uñas

en sus finas membranas,

ansiando hallar añoranzas.


Pero… al tentar en el acto


averiguo,

no será de alivio

para estas entrañas


pues quieren morirse

en un delirio,


todas las tardes


…y también las madrugadas.

jueves 7 de mayo de 2009

La estrella


Escuchó que la llamaban por los altavoces, alto y fuerte y repetitivamente. A pesar de su estado taciturno le atraía la idea de que quienes caminaran por los pasillos del edificio, supieran quien era, cómo se hacía llamar y las razones por las cuáles había llegado hasta ese lugar. La gente se preguntaba dónde estaba, porqué demoraba tanto, porque aún no se reportaba en la pequeña tarima del auditorio. Era la hora de pronunciar su discurso, de convertirse en la estrella, de recibir una lluvia de flores de múltiples especies, de fotografiarse con distintos sujetos que la admiraban. De un instante a otro, dejó de escuchar las voces y el cuarto blanquecino quedó rodeado de un desagradable biiiip biiiip, intercalado de una voz femenina: “Srta. Urzúa en instantes una enfermera pasará por su cuarto para que llene el contrato antes de ingresar a pabellón”.