domingo 19 de julio de 2009

La mente engaña, y los ojos también.

Un whisky con hielo pidió ella, yo en cambio una cerveza negra. Éramos diferentes y no sólo porque yo fuera ese típico hombre que intenta parecer con una vida construida, y que en verdad sólo quiere entregarse a algún amor. Sino porque ella además de ser levemente masculina, parecía que vivía encerrada en una suerte de portarretrato. Actuaba, sus movimientos eran tan mecánicos, planeados. Me miraba intensamente, sin hablar más que monosílabos. Buscaba en mis pupilas, las razones que tuve para seguirla y audazmente haberla acorralado. Hasta que le dije que la había buscado por años, que siempre tuve la esperanza de ver y sentir sus despojos de humano poco común, que la construí en mi cabeza como si fuera uno más de mis proyectos nacientes en base a una inyección de heroína. Se sonrió con sus labios carmesí, pestañeó con sus enormes pestañas sintéticas y sólo me dijo… “¿no querés saber como me llamo?”. Y le respondí ridículamente un “no lo necesito”. Y ella se levantó, me dijo que pagara la cuenta, que estaba apurada, que tenía que cumplir con el trabajo y dejó sobre la mesa una miserable tarjeta que indicaba un “Ignacio Manríquez: Luna. Danzas exóticas, shows privados, lo que te puedas imaginar. Ubicar en: 9 6548900”.


1 Suicidios artísticos:

Feñikime dijo...

wow, realmente tiene un final inesperado... o simplemente muy curioso. Estoy segura de que si a un hombre le pasara eso sería una patada a su orgullo masculino xD (Aunque, depende también de los gusto de ese hombre).


Saludos! ^^ See ya!

Have a (insert something here) day!

Feñikime Motou